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San petersburgo y un bello recuerdo de navidad

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Fotos de la estación de tren en San Petersburgo

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La tía Paulina era hija de inmigrantes rusos. Vivía justito cruzando la calle de Clara, mi abuela materna. Estaba casada con el hermano de mi abuela, el siempre malhumorado tío Oscar.

Su casa estaba pintada de blanca, tenia un portón de madera con una tranca de hierro. Cuando era pequeña y atravesaba ese portón, me sumergía a una selva de plantas que ella usaba para curar el empacho a los chicos del barrio: burrito, menta, y otras miles que no recuerdo. También tenia malvones que siempre estaban florecidos y radiantes. Y árboles de duraznos, con los que preparaba las compotas mas ricas, entre ácidas y dulces, que he probado jamás.

Yo la recuerdo limpiando con virulana y esmero sus cacerolas de aluminio al sol, sacando agua del aljibe y preparando té negro en hebras.

Me encantaba hacerle los mandados, porque siempre me regalaba una moneda que yo gastaba en caramelos, o me invitaba a comer. Su cocina era mágica y chiquita, tenía una pequeña mesa contra una de las paredes, blancas y manchadas de hollín, y contra la otra había un banquito de madera, que siempre esperaba calentito al que se quisiera sentar. Pero lo mas mágico de todo ese espacio, era la cocina de hierro y barro que estaba prendida todo el año, inclusive con los calores de chaco.

Ella cocinaba la pizza mas rica del mundo, con cebollas, salsa de tomates, sardinas y queso. Todo eso lo ponía sobre una masa bien gorda. Esa pizza era genial y única.

Y para navidad hacía un pan dulce que no era el típico pan dulce, el de ella era enrollado, bien amarillo porque usaba los huevos tan frescos que ponían sus gallinas, y estaba relleno a veces con dulce de membrillo y otras veces con dulce de ciruelas y ricota. Lo pintaba y lo espolvoreaba con azúcar, los ponía en fuentes de chapa y los metía en ese horno tan mágico y tan candente.

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Hoy mirando las fotos que saque en San Petersburgo, reviví el momento que comí este pan comprado en un puesto callejero cerca de la estación de tren. Ese día elegí ese pan entre los tantos que había, porque me dio la sensación de recuerdo lindo, aunque no sabía exactamente cual era.

Pero hoy me acordé, que este pan, era muy parecido a unos de los regalos mas lindos y mas deliciosos que yo recibía cada navidad: “el pan dulce de la tía paulina”.

Como estamos hablando de magia, les regalo imágenes de las noches blancas en San Petersburgo.

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